La escuela es un lugar donde uno puede apreciar un sin número de escenas que se convierten en recuerdos con el paso de los años. A cada uno de estos recuerdos le corresponde una clasificación conforme uno vaya tomando nota de las causas del mismo. Yo recuerdo a un compañero bastante especial que prácticamente se robó el show durante la primaria de mi escuela. Este alumno traía de cabeza a los profesores que no sabían qué hacer para controlarlo y motivarlo en la clase. Luigi hacía toda clase de travesuras esté o no presente el profesor. Las clases comenzaban bien, con un Luigi atento, pero en pocos minutos la historia cambiaba. Recuerdo que un buen día estábamos rindiendo un examen del curso de matemáticas, todos concentrados, cuando de pronto se escuchó un tremendo estruendo en el aula, parecía que algo había reventado en la parte de atrás del salón. Cuando volteamos la mirada, vimos que una de las carpetas yacía volteada en el suelo con un alumno, dentro, pataleando y bregando inútilmente por incorporarse. No era Luigi, sino otro compañero que éste había volteado con todo y pupitre sin razón aparente.

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Y así podría enumerar tantas travesuras que hizo el buen Luigi durante su estancia en la escuela. En ese tiempo, simplemente se le calificaba como un chico inquieto, pero en algunos años este tipo de comportamiento ya se empezó a conocer públicamente como hiperactividad. Este trastorno de la conducta fue descrita a comienzos del siglo XX y se caracteriza porque los niños presentan una gran actividad motora que los hace ir y venir de un lado a otro sin un propósito aparente.
Estos niños comienzan una tarea pero pronto se aburren y pasan a otra dejando aquella inconclusa para luego pasar a una tercera, dejando la segunda igualmente inconclusa. Otra característica que afecta a los niños hiperactivos es que prefieren tomar esta actitud en presencia de otras personas, sobre todo de aquellas que no forman parte de su entorno cotidiano y más bien se muestran increíblemente calmos cuando se encuentran solos. Los niños que presentan este desorden de conducta, suelen ser también bastante problemáticos con un espíritu destructivo bien marcado, muchos de ellos son nerviosos por naturaleza y para terminar de complicar las cosas, son insensibles a los castigos.
La educación de este tipo de niños se hace bastante difícil ya que les es imposible mantener la concentración con lo cual el rendimiento escolar no es de lo mejor. Paradójicamente, el coeficiente intelectual de los niños hiperactivos es normal. Sin embargo, este tipo de niños no sabe seguir indicaciones en la escuela y en casa muestran bastante desobediencia, la terquedad está presente en ellos y muchas veces hacen exactamente lo contrario a lo que se les dice. También se frustran con bastante facilidad, hecho que aumenta su impulsividad y agresividad frente a determinadas situaciones. Este desorden de la conducta es más frecuente en los niños que en las niñas y se estima que un 3% de los niños menores de siete años de edad lo padecen. Se cree que el origen de este tipo de conducta tiene lugar en una disfunción cerebral muy puntual en el cerebro que afectaría al área que rige el comportamiento. Sin embargo, se estima que un 80 % de los casos se deben a factores genéticos y que se transmiten por herencia. El otro 20 % estaría dado por factores diversos como el entorno, pero siempre con una participación, aunque sea mínima, de predisposición genética.

Imagen tomada de Flickr por lourdessotocar
Algunas conductas que se pueden observar caseramente, pueden dar luces acerca de un futuro comportamiento hiperactivo. Por ejemplo, en los niños de hasta dos años de edad se observa problemas durante el sueño y durante la comida, así como resistencia a los cuidados habituales, no se deja cambiar la ropa, etc. Los niños de entre dos a tres años presentan ignorancia del peligro y son muy propensos a accidentes. En los niños de cuatro a cinco años de edad se puede apreciar desobediencia y problemas para seguir indicaciones. A partir de los seis años ya hay problemas de atención y concentración y se ven problemas de adaptación social. Las familias de estos niños se ven frustradas porque sus esfuerzos caen en saco roto y a veces también se aíslan. El tratamiento de esta conducta es individual y depende de la complejidad de cada caso. Generalmente el tratamiento es con estimulantes en caso de déficit de concentración o de sedantes en caso de comportamientos psicóticos. En paralelo se realizan tratamientos psicológicos de integración destinados a la célula familiar del niño y se motiva al niño a que emprenda planes que se valoran parcialmente antes y al final de la realización del mismo.


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