En la escuela, como en la vida diaria, los roles de los niños se diferencian claramente, más allá del objeto de concurrir a la escuela para aprender, la misma conforma un espacio social formativo de los aspectos psicológicos de los pequeños estudiantes y, en ocasiones, es el lugar donde definen su personalidad y postura frente al mundo. Allí podemos ver el nacimiento de grandes líderes, de personas profundamente introvertidas pero con una gran vida interior, artistas, excéntricos y políticos, por citar algunos casos.
Pero en el proceso formativo no sólo participan los educadores y, desde su hogar los padres, sino también y casi fundamentalmente, los pares, aquéllos con quienes el niño interactúa y que también están formándose, definiéndose y participando de los procesos de los demás para ajustarse a un entorno social donde todos tienen un rol.

Históricamente podemos definir una cantidad de roles que, a pesar de que pasen décadas, seguirán siendo los mismos: el estudioso, el introvertido, el líder, el contrariado, el artista, el bromista y, en una simbiosis que hoy nos ocuparemos el bribón o matón y su/s castigados.
Todos nosotros hemos tenido en la escuela un compañero que se encargaba de fastidiar, golpear, denigrar y perseguir a uno o más compañeros que se encontraban, de alguna manera, en desventaja, ya fuera de tamaño, avidez, personalidad o lo que fuere. El bribón elegía al inicio de clases a sus víctimas y las explotaba durante todo el año, en ocasiones, durante varios escolares o hasta que se revirtiera la desventaja que el matón aprovechaba y así parecían forjarse las personalidades dominante y dominada.
Sin embargo de que estos roles siguen en vigencia, existen algunos estudios que se han ocupado del impacto de estas descalificaciones o maltratos que se generan en un ámbito social de suma importancia formativa para los niños, algunos investigadores no se conformaron con que los “golpeados se tomen revancha cuando crezcan y las realidades sociales, económicas y otros condicionantes reviertan o iguales los roles y han decidido profundizar en lo que han llamado Bullying.
Como padres, el primer signo de advertencia es cuando oímos “no quiero ir a la escuela” y al momento de indagar descubrimos que no se trata de un examen, una lección o un dolor de estómago, y no conseguimos conocer la verdadera razón porque, probablemente nuestro hijo no sepa decirnos que hay un compañero que lo fastidia y le hace la vida imposible; o quizás le avergüence que suceda y más aún, reconocerlo.
En estos casos es necesario prestar atención a la repetición, si el niño no quiere “ir nunca más a la escuela” o hasta sugiere que “esa escuela ya no le gusta más”, pues nuestro hijo podría estar siendo víctima de hostigamiento escolar, sufriendo maltrato físico o verbal sistemático por parte de uno o más compañeros.
El maltrato que sufren algunos niños puede consistir en agresiones físicas, golpes sobre su cuerpo o daños a sus objetos personales, robos, amenazas, burlas, insultos, segregación del grupo y muchos otros recursos que el hostigador emplea para hacer sentir inferior y humillado a su víctima. Por supuesto, estos actos jamás se desarrollan en soledad y, muy por el contrario, el bribón requiere que hayan espectadores que puedan constatar la humillación y ayuden a divertirse disfrutando del espectáculo y participando o aportando ideas para castigar más a su víctima.

La participación de terceros no siempre es voluntaria y, muchas veces, quienes participan de la reunión de castigo lo hacen para no pasar al papel de víctimas, tratando de contentar al matón antes de que pose sus ojos en ellos para reducirlos al mismo accionar.
Sabemos que este fenómeno ocurre desde siempre y creemos -equivocadamente- que ayuda a forjar la personalidad dotando al acosado de fortaleza para afrontar problemas futuros mientras que, el acosado se beneficia de la práctica de herramientas que en un futuro no muy lejano le servirán para dominar otros planos profesionales, empresariales o sociales.
Los docentes, como los padres que saben que su hijo es acosador o víctima y no accionan para el mejoramiento de la situación creyendo que avergonzarán a sus hijos inmiscuyéndose en sus asuntos sociales contribuyen a la clandestinidad e este tipo de prácticas, facilitando las condiciones para que el comportamiento mafioso se desarrolle sin contratiempos.
Probablemente no se pueda erradicar la necesidad de destacarse, de ser admirado pero sí podrá cambiarse la razón por la cual un estudiante se destaque y sea ejemplo de sus pares y, en ningún caso, se debe permitir que el manejo del temor ayude a un niño que no sabe usar otras herramientas más que la violencia, a ser importante y respetado entre sus pares.
Los niños, como los adultos, sueñan con destacarse, ser admirados y felicitados pero de ninguna manera e puede validar en un aula la admiración a un bribón que disfruta de humillar porque eso lo hace sentirse importante y superior.
Desde el lugar de los padres y formadores de los niños se debe tender a premiar y resaltar los logros académicos y de valores humanos que realmente son merecedores de admiración, como la honestidad, solidaridad, la generosidad y los desarrollos intelectuales, creativos, sociales o físicos de los niños.
Como no todos son portadores de talentos o capaces de desarrollar una de sus habilidades, intentan alcanzar igual objetivo utilizando medios espurios para amasar un poco de poder y admiración para sentirse importantes dentro de un grupo donde cada uno tiene un rol, pero debe conquistarlo utilizando las herramientas que crea necesarias.
Por otro lado, el matón o bribón cuenta con un sostén importante, fundado en un sistema de creencias socio culturales que lo elevan y le dan importancia y son esos modelos los que los pequeños imitan en la búsqueda por ser importantes. Este sistema es el que provee de impunidad y validación a los actos intimidatorios empleados en la escuela.
Todos participamos activa o pasivamente. Los docentes, los niños, los padres y la comunidad donde los niños están insertos y que, cuando se denuncia una de estas prácticas toman uno de los dos caminos: mirar hacia otro lado o justificar al pequeño que se destaca utilizando la violencia.
Fuente: KidSein, Los sueños (relato de un acoso), Estaya


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