De niños, ¿Qué superhéroe no hemos soñado ser? Siendo valientes, inquebrantables y ubicuos de la aventura. Eso es lo que prima nuestras fantasías infantiles, poseer una personalidad alterna con máscara y capa, gozosa de poderes subyugantes para los malhechores de turno. Sin embargo, mientras nuestros superpoderes esperan manifestarse, nuestra existencia es un dechado de miedos, tan debilucha y dependiente de mamila que provoca ternura y/o compasión, sin el más mínimo respeto hacia ella.
Los miedos infantiles son tan variados como todos los existentes; si no es a las cucarachas, es a las ratas; si no es al agua, es al frío; si no es a tu vecino, es a tu abuelito; si no es a la oscuridad, es a la soledad momentánea; y un largo etcétera hasta el infinito. Y es que ser niño significa ser un debutante de la vida, un desconocedor tímido de casi todo lo que existe, y un conocedor a medias tintas de lo que le rodea, pues todo lo que le es familiar se le ha explicado con una fantasía detrás, asimismo todo lo que ha percibido por su cuenta lo hizo con la sesgada mirada de su inexperiencia. En esas condiciones, ¿Cómo no ser un temeroso si el mundo le resulta casi un oscuro misterio? Todo lo que sea lejos de mami será peligroso y amenazante para su tranquilidad.
Los payasos lideran la lista de los más temidos por los niños. Sus ficticios rostros pálidos, con permanentes sonrisas de labios gruesísimos color sangre, causan pavor en las noches a los pequeños asistentes de la fiestas, pues aunque sean graciosos y “buena gente”, no dejarán de ser los feos de la tarde, los raros de la reunión que llevan encima todos los colores conocidos y, por si fuera poco, hacen magia.
Entonces, yo de niño, pienso coherentemente, que ese tipejo de nariz roja no es un señor como mi papi, y por ende me da miedo. Temer a un payaso es lo más normal del mundo, mi padre, de casi 50 años, le teme a Ronald McDonald y con justa razón, pues este personaje parece un sobreviviente de una hervida corporal, y aún así no duda en aparecer cada vez que las cámaras se lo permiten. Ergo, si un canoso de 50 años le teme a un zapatón con marca de hamburguesa, porque un niño menor de 8 años no puede temerle a uno similar.
Si alguien es feo, es digno de temerle, ¿No? Así que, padres que regañan a sus hijos coulrofóbicos (payasofóbicos, para mayores señas), no alarmarse porque los mismos teman a un casi monstruo, al primo hermano del cuco, versión technicolor.
El segundo de la lista muerde. Los perros son pegajosos si se les da cariño, pero bulliciosos e intuitivos al miedo, por lo que generalmente no dudan en perseguir a toda velocidad a quienes les tengan ojeriza, y no precisamente para lamerles moviendo la cola, sino para incrustar sus colmillos en vuestras pantorrillas.
Los perros ocupan un bien ganado segundo lugar, sus ladridos y esporádicas mordidas reclaman un respetable escaño en los miedos infantiles. Estos miedos por factores externos (a los payasos y a los perros) son comunes, por lo tanto, de poca preocupación, aunque probablemente sean permanentes, pero en grados inofensivos. Los miedos al colegio, al sexo opuesto, a la oscuridad, a los insectos… son características inherentes a la edad infante, aparecerán y, muchas veces, desaparecerán sin advertirlo siquiera, pues estos son parte del proceso de codificación del entorno, de adaptación al mismo, de iniciación a la vida.

Foto: Miedospuntocom
Los temores o inseguridades infantiles no deben ser considerados como fobias prematuras, pues las fobias son aversiones compulsivas patológicas que requieren de tratamiento psiquiátrico para su control, en cambio, lo primero es parte del reconocimiento del mundo por parte del niño, que, por novel, dudará y rehuirá a diversas actividades nunca antes experimentadas y que representan un posible roche ante las miradas de los presentes.
La confianza que los padres deben transmitir al pequeño para que se arriesgue a la aventura será trascendental para superar ese pequeño escollo, y que de una buena vez no le represente amenaza en adelante. El tino motivacional que manejen los padres es lo que marcará diferencias, distrayendo la atención de quienes el niño considera molestos, y a partir de la solaparía invitarlo a participar.
Si es que el niño siente que hay expectativas en verlo actuar, haciéndolo centro de la atención por más de uno, le cohibirá y hará casi imposible que este acceda a la petición. Casos como bailes, actuaciones y actividades deportivas son aplicables a este ejemplo de reacción del niño.
Nuevamente, de niños, el superhéroe que soñamos cuenta con los poderes basados en nuestras debilidades. Todas nuestras frustraciones se ven reflejadas al contrario en el perfil idóneo del personaje creado por nuestro imaginario. Queremos ser excelsos, derrotar nuestras falencias en la intimidad del juego, prefigurando un futuro a corto plazo donde nuestros superpoderes sean solventes a nuestros cometidos.
Cuando el niño se concientiza en superar sus debilidades y no lo logra, la situación se agrava y profundiza, por eso siempre el papel de los padres, o tutores, será de suma importancia, debe involucrarse con el niño a través de los juegos para así ahondar en sus inquietudes y miedos de manera sutil, pero efectiva. Además que gana en confianza con el niño, lo cual ayudará sobremanera para que estos miedos queden atrás sin previo aviso.
Foto: Centro-psicologia
Si el infante tiene confianza con los padres, entonces el desenvolvimiento de este frente a ellos será natural y jubiloso, pues contará para él como un juego más. Por otro, si se toma la timidez del niño como un problema a tratar con métodos por parte de los padres, esto podría devenir mayor apocamiento, pues el niño sentirá que algo está haciendo mal, y eso le llenará de vergüenza.
Los miedos en los niños estarán siempre presentes, su perduración y gravedad dependerán mucho del “tratamiento” que le dé la parte adulta. Llevarlo ligero como la rutina es el mejor camino, el más fácil para ambos lados, ya que jugar con los niños, nuestros propios hijos, debe ser una actividad permanente, considerada en la agenda diaria, para que sus pequeños problemas de adaptación al mundo sean de lo más llevaderos, finiquitándolos, inclusive, de manera lúdica… Como imaginar que adquirimos los superpoderes que fuertes nos harán frente a la vida.


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