Los niños pasan varias horas al día en la escuela, dependiendo del tipo de jornada escolar que la institución tenga; pero no menos de cinco horas y no más de ocho. Casi como nuestras jornadas laborales, de las que volvemos extenuados, sin ganas de hacer nada importante o que requiera de nuestra atención o trabajo. A los chicos les pasa lo mismo.
Llegan del colegio y sólo quieren quitarse la mochila para salir a jugar, ver su serie de TV o hacer los deportes y actividades que tienen planeados para el día, no sentarse en la mesa de la cocina a hacer interminables deberes escolares que, además de trabajosos y aburridos, no coinciden con los tiempos de la familia, y que empujan al chico a dejar sus pendientes para última hora, luego de la reunión familiar, la cena y un programa de TV; cuando todos están lo suficientemente cansados como para preferir aplazar la tarea y dejarla inconclusa.

Los deberes escolares no agradan a nadie pero entendemos que son necesarios para que nuestros hijos aprendan y practiquen lo desarrollado en clase, sin embargo, a la hora de sentarnos con los chicos para ayudarlos, se nos antoja que son innecesarios, demasiados, redundantes y molestos; sólo porque no queremos hacerlos o ayudar a nuestros hijos. El mensaje transmitido a los menores es muy claro: rezongar e incumplir. Al cabo de unas cuantas sesiones de este ejemplo, el niño acabará haciéndolo por sí sólo: sin siquiera revisar sus deberes escolares que, al fin y al cabo, decidiría no hacer, por innecesarios y redundantes.

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