
Uno de los fallos más frecuentes del estudiante es retrasar la preparación de un examen hasta casi la víspera del mismo. Esto es una hazaña de la que pocos suelen salir airosos, pues el volumen de contenidos que han de insertar en su mente en unas horas resulta indigesto e imposible. Ante este apuro, algunos optan por resumir sus resúmenes y poco más que memorizar los títulos de los apartados. Resta decir que, independientemente de que el material a estudiar sea abundante, lo que es desproporcionado es intentar aprenderlo en tan poco tiempo. Este error obedece a otro más general que alude a la falta de planificación, ya que las horas de estudio han de distribuirse conforme avanza el temario.
No obstante, a veces no es sólo cuestión de gestionarse el tiempo, sino la cantidad de información obtenida de apuntes de clase y de lecturas de libros. Para ello, es indispensable aplicar una de las primeras técnicas de estudio más básicas, que no por elemental es conocida o aplicada por todos los alumnos. Hablamos del subrayado, una herramienta fundamental para simplificar contenidos, discriminar las ideas clave, favorecer su asimilación y facilitar su recuerdo. Mientras algunos estudiantes la ignoran, memorizando todas y cada una de las líneas del tema, perdiendo tiempo y malgastando papel en el examen al responder con ejemplos banales o ideas secundarias; otros en cambio creen que subrayar es adornar de colores aleatoriamente el libro para hacerlo más llamativo.
Antes que nada debemos tener claro en qué consiste esta técnica. Su objetivo principal es reducir los textos destacando las ideas esenciales. Gracias a subrayar, la memoria visual funciona mejor y se fijan los contenidos con más facilidad. Por eso, se recomienda el uso de colores fluorescentes. Con este método se gana mucho tiempo en los repasos, ya que no es necesario leer el texto completo, basta con repasar lo subrayado. Si lo hemos realizado correctamente, al texto no le faltará sentido.

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La primera descripción del síndrome de Asperger, realizada por el mismo Hans Asperger, fue aquella en la que se dio cuenta de la semejanza existente entre los niños afectados y sus padres. A partir de aquel momento trascendental, se ha vinculado estrechamente la característica genética del síndrome aunque los mecanismos básicos de cómo surgen siguen siendo desconocidos..



